Cartografías o el espacio topológico como integración entre teoría e investigación social.
II Jornadas Provinciales de Trabajo Social.
Raúl Arué[2]
(raularue@gmail.com)
Eje 1. Metodologías de
la intervención: Experiencias profesionales y formación académica
Palabras Clave: espacio topológico; teoría social; Investigación social;
El presente trabajo relata y fundamenta una
experiencia de práctica docente desarrollada por los estudiantes de la
asignatura “Trabajo Social y Teoría Social Contemporánea” con el acompañamiento
de los autores durante el cursado 2018, que buscó integrar los planteos
teóricos desarrollados en la materia, con las prácticas pre-profesionales y las
técnicas de investigación social, a partir de un trabajo grupal de
cartografiado, trabajo que se inscribe en el espacio topológico que,
postulamos, resulta apropiado y de gran potencialidad para la reflexión
teórica, epistemológica y metodológica en las ciencias sociales.
Más allá de relatar la experiencia y sus
capacidades pedagógicas, en este escrito fundamentaremos teórica y
metodológicamente el espacio topológico como un espacio propicio para el
encuentro entre teoría e investigación social.
El relato de la experiencia.
La academia en su
afán analítico ha separado teoría e investigación social de tal modo que la
teoría social no se propone mostrar sus necesarias consecuencias metodológicas
y la investigación social no se pregunta, o lo hace en contadas ocasiones,
sobre los fundamentos teóricos que avalan su modo de proceder. Esta oposición
presenta a la teoría como algo estático y acabado y no se interroga sobre cómo
progresan estas, como se elaboran, instalan, reestructuran, completan y aplican
a partir de la investigación empírica.
Esta división se
materializa en la idea, aceptada pragmáticamente, aunque también criticada, que
tienen los estudiantes sobre la teoría como algo exterior y objetivo, una
construcción acabada, cerrada, producida por otros en los alejados centros de
producción académica de esta ciencia (occidental, eurocéntrica y patriarcal),
teoría que debe ser internalizada, memorizada y repetida en alguna instancia de
evaluación.
Desde la materia se
han propuesto otras visiones alternativas respecto a la teoría y para ello nos
apoyamos en Paulo Freire. En un artículo breve
que tiene por título “El acto de estudiar” Freire se pregunta sobre el sentido
de compilar una bibliografía, allí afirma –y es una idea de la que estamos
convencidos- que “al compilar una bibliografía, existe un propósito intrínseco:
centralizar o estimular en el lector potencial el deseo de aprender más.” Es
por esto que desestima la posibilidad de prescribir lecturas de un modo
dogmático por parte del docente y la de asumir una actitud ingenua, que busca
la memorización y no la comprensión por parte del estudiante.
Por el contrario, el acto de estudiar requiere
una actitud crítica en la que el lector “se siente desafiado por el texto en su
conjunto, y su objetivo reside en apropiarse de su significado más profundo.”
En este sentido…
“Estudiar seriamente un texto exige un análisis
del estudio que llevó a cabo el autor para poder escribirlo. Requiere una
comprensión del condicionamiento sociológico-histórico del conocimiento. Y
exige una investigación del contenido que se estudia y de otras dimensiones del
conocimiento. Estudiar es una forma de reinventar, re-crear, reescribir; y ésta
es la tarea de un sujeto activo. Es más, con un enfoque así, el lector no se
puede separar del texto porque estaría renunciando a su actitud crítica respecto
del mismo.” (Freire, 1990)
Esta perspectiva crítica es la que invitamos a
asumir a los estudiantes, en tanto dicha actitud que se aprende con la práctica
es la misma que necesitarán para afrontar la realidad social.
Comprendemos, por tanto, la necesidad de
abordar la práctica, desde esta perspectiva crítica, como el producto
permanente de la relación dialéctica entre teoría y praxis. En este sentido el
desarrollo conceptual de la teoría social brinda los fundamentos para
reflexionar y reflejar la acción permitiendo así la comprensión contextual, integral
y totalizadora de la realidad social, en tanto sin teoría es difícil leer la
trama social y sin contextualizar la práctica es difícil superar la mera
relación instrumental.
Otra
iluminación del mismo camino la encontramos en la mención de Rita Segato cuando
nos habla de una reconfiguración disciplinar al plantear una antropología por demanda, entendida como “una antropología
supeditada a la demanda de los que anteriormente habían sido objeto de nuestra
observación; una antropología atenta e interpelada por lo que esos sujetos nos
solicitan como conocimiento válido que pueda servirles para acceder a un
bienestar mayor, a recursos y, sobre todo, a la comprensión de sus propios problemas.”[3] (Segato, 2013: 13)
En esta tarea, el científico social no puede
refugiarse en los límites de su disciplina ni de la comunidad científica, no
puede escribir sólo para sus colegas o reducirse a una tarea técnica e
instrumental, por el contrario “tiene que dirigirse al mundo, a los temas
epocales, y utilizar su caja de herramientas, su oficio de etnógrafo, para
responder las preguntas de su tiempo.” (Segato 2013: 16). Esta idea de las
categorías teóricas como “caja de herramientas” que pueden ser empleadas para
producir conocimiento y reflexión crítica como posible respuesta a las demandas
sociales también fundamentó la propuesta de la cartografía.
En definitiva se les solicitaba a los
estudiantes que conformaran grupos, definieran, a partir de su experiencia en
alguna práctica, el espacio social sobre el que realizarían el trabajo,
comenzar las tareas de mapeo del territorio seleccionado plasmando en un plano
o en una maqueta el espacio social sobre el que iban a trabajar, se aclaraba,
además que esta podía ser una tarea propia del grupo o pedir la colaboración de
la comunidad con la que se trabaja lo que democratizaría aún más la
experiencia.
Aquí la estrategia incorpora una clara función
emancipadora en tanto pone en discusión la concepción occidental hegemónica de
ciencia que se reserva la prerrogativa de determinar la relevancia: ¿qué es
relevante como conocimiento científico? En este sentido Boaventura De Sousa
Santos recurre a la analogía con la cartografía para hablarnos de las escalas:
La cartografía asume como propia la tarea de representar (y sin decirlo)
distorsionar la realidad, “el poder representa la realidad física y social en
una escala elegida por su capacidad de crear fenómenos que maximicen las
condiciones de reproducción del poder.” (Santos, 2009: 67)
Construir nuestras propias cartografías,
interviniendo planos “oficiales”, incorporando nuevas miradas, distorsionando
la escala, generando un trabajo colaborativo de significación, implica, por
tanto, inventar criterios de relevancia alternativos, producir, siguiendo a De
Sousa Santos, una mirada de “trans-escala” sobre la realidad.
Siguiendo con nuestro relato, los estudiantes,
luego debían construir los íconos, pictogramas, símbolos e imágenes que
representaran, tanto los principales problemas, urgencias y demandas que
encontraban en el espacio social abordado, como las categorías teóricas
(desarrolladas y apropiadas durante el cursado de la materia) que permitirían
realizar esta tarea de generar un conocimiento a partir de la idea clásica de
Bachelard de que el hecho científico se conquista (contra la ilusión del saber
inmediato) se construye (a partir del inter juego entre las interpretaciones de
la realidad y las categorías teóricas) y se comprueba (empíricamente).
Los trabajos presentados hicieron referencia a
la mayoría de las prácticas pre-profesionales de la carrera, fundamentalmente
las prácticas de grupos y comunidad, las instituciones y espacios referidos fueron:
Barrio “Calpini” (Tafí Viejo); Barrio Eucaliptus; El Colmenar; Lomas de Tafí;
Barrio “24 de Septiembre”; controversia entre el barrio “La Esperanza” y el
“Country del Golf” en Yerba Buena. Además, se trabajó en el servicio 5 de
adicciones del Hospital J. M. Obarrio; el DIAT “Sumak Kawsay”; el hogar San
José; la clínica Casa Grande y el Comedor “8 de Marzo”.
Entre las situaciones problematizadas se
mencionan cuestiones ligadas a pobreza, indigencia, explotación laboral,
desempleo, alta tasa de suicidios, consumo problemático, inseguridad,
discapacidad, riesgo social, ruptura de los lazos familiares, diferencias
generacionales, desamparo, etc.
Estas cuestiones fueron interpretadas a partir
de un conjunto de categorías que, aspirábamos, formaran parte de la caja de
herramientas del futuro profesional del trabajo social: biografía, capital
social, campo, configuración, crisis del pensar habitual, cultura de
presentación, desafiliación, desigualdades (y toda su variedad) desocialización, desviación, distancia
social, establecidos/marginales, etiquetamiento, estigma, habitus, institución total, identidad social,
inseguridad social, incertidumbre, legitimación, poder, unidimensionalidad, entre otras.
El objetivo perseguido no era coleccionar
categorías sino recuperar su potencialidad crítica para desnaturalizar
situaciones padecidas por los actores en su vida cotidiana potenciando la
mirada del estudiante, el abandono de la ingenuidad del saber de sentido común
y la auto-vigilancia epistemológica.
Como consideramos que una etapa importante del
proceso de enseñanza es la socialización de las experiencias, la escucha
responsable y la mirada crítica y respetuosa sobre nuestras producciones y las
de los otros, se implementó un momento de exposición compartida en donde los
diferentes grupos se apropiaron del salón de clases, armaron sus cartografías,
planos, maquetas, iconografías y todos los copartícipes fuimos recorriendo las
presentaciones y escuchando las narrativas de los integrantes de cada grupo de
trabajo.
La evaluación posterior que los propios
estudiantes realizaron de la experiencia y su potencialidad pedagógica nos
compromete a seguir y mejorar en lo posible, esta práctica alternativa a las
formas tradicionales de concebir y practicar la docencia en la universidad.
El espacio topológico como integración entre teoría e investigación social
Las cartografías, de las que hemos comentado a
partir de nuestra experiencia su potencialidad integradora y didáctica, se
inscriben en el espacio topológico.
La topología puede ser definida como “el estudio de los aspectos cualitativos de las formas espaciales o de
las leyes de la conexión, de la posición mutua y del orden de los puntos, (…) hecha abstracción de sus relaciones de
medida y magnitud” (Conde, 1994: 113) Y en tanto práctica performativa del
espacio (Serres), implica un lenguaje que permite mantener ciertas
especificidades cualitativas y contextuales; y como tal, articula las
perspectivas cualitativas y cuantitativas, superando las dicotomías euclideanas
(micro – macro; centro – periferia; dentro – fuera; global – local). En el
análisis topológico, entonces, circulan los diferentes espacios: el espacio
percibido de la representación, el espacio concebido de la producción y el
espacio vivido de la práctica. (Lefebvre).
La importancia del espacio topológico se revela
a partir de los intentos de superación de la ruptura producida en las ciencias
humanas enmarcadas en el modelo de ciencia galileano (Husserl, 1999; Derrida, 2000) que
diferencia entre mundo objetivo matemáticamente instituido (objeto de la
ciencia) y mundo de la vida como sustento de sentido cimentado en la
experiencia. Distinción que se inscribe en la discusión clásica entre ciencia galileana o ciencia aristotélica o entre explicación y comprensión, o, finalmente,
entre paradigma cuantitativo vs. Paradigma cualitativo.
Fernando Conde
(1994) señala que las dimensiones comúnmente asociadas a lo cualitativo y lo
cuantitativo no constituyen algo ya dado previamente en la realidad social sino
que se inscriben en un continuo que puede ser recorrido desde lo instituyente a
la instituido o desde el sustrato de la praxis
de la investigación social concreta a lo particular, reificado y abstracto.
Este proceso parte
del nivel subjetivo en donde residen el proyecto del actor y los procesos
motivacionales. Pasa por el nivel de los discursos, el nivel más complejo y
extenso en tanto en él se nombra, se
construyen los temas “semánticamente significativos”, se los ubica temporal y
especialmente, se generan categorías, tipificaciones o motivos “porque” en el
pensamiento schutziano. Para arribar al nivel de las construcciones más
abstractas en tanto alejadas de la experiencia social concreta, al “espacio euclídeo”
del dato numérico que, reificado del proceso anterior, constituye la ciencias
objetiva.
Este continuo
implica un proceso de reducción y construcción. Reducción progresiva de la
múltiple complejidad en la que se expresa la realidad social y construcción del
discurso teórico que busca significar esa realidad social.
El proceso no sólo
da cuenta de la práctica científica investigativa, sino de la forma de
construcción del conocimiento social que realizan los actores en su actitud
natural en el mundo de la vida: “sus
significados, perspectivas y definiciones; el modo en que ellos ven, clasifican
y experimentan el mundo.” (Taylor y Bogdan, 1987: 114)
Cada escalón de
este continuo implica entonces una forma de acercamiento cognoscitivo con el
mundo de la vida, una operación metodológica y un conjunto de actividades
concretas ligadas a la investigación social y específicamente a la construcción
del conocimiento sobre lo social.
A su vez cada
dimensión del proceso mantiene una relación dialéctica cercana o distante,
compleja o simplificada, basada en la cualidad significada, en la topología,
espacio en el que se ha desarrollado esta experiencia, o en la mensurabilidad,
con el mundo de la experiencia real que pretende significar. Cada dimensión se
expresa –finalmente- en acciones concretas desarrolladas por el investigador en
su intento de interpretar el sentido de la acción social.
Recorramos este
camino en tanto el mismo nos permitirá fundamentar, teórica y metodológicamente
el espacio topológico al tiempo que nos mostrará sus vínculos con el proceso de
investigación desde su lógica inductiva.
Los dos primeros
momentos de este continuo: La
temporalización histórica y el paso de
la innominación/nominación remiten a la génesis simbólica en tanto refieren
a la “producción y apertura a un nuevo y
posible campo simbólico y discursivo” (Conde, 1994: 102)
La ubicación
histórica de un acontecimiento implica realizar un recorte y establecer límites
a ese acontecimiento, aquí hay una primera significatividad. “Datar un acontecimiento es ya una primera
forma de empezar a comprenderlo, su ubicación histórica nos evoca un contexto,
una problemática, un cierto desarrollo cultural, etc.” (Conde, 1994: 104).
La temporalización relaciona el acontecimiento con la historia social y con la
biografía particular del actor –a través del acto reflexivo- y en esas
coordenadas cobra significado. (Schutz, 2003: 169 y ss.)
Un problema de
investigación es tal en tanto puede contextualizarse en el tiempo y en el
espacio, el mismo recorte realiza el actor social cuando separa, del continuo
fluir temporal del mundo de la vida, un acontecimiento para significarlo,
describirlo, nombrarlo y valorarlo, pero antes de realizar esas acciones lo reduce,
le fija límites, lo ajusta en un horizonte de temporalidad, así el
acontecimiento pierde parte de su dimensión procesual en pos de una mejor
inteligibilidad, tiene un principio y probablemente un final.
La otra dimensión
esencial en esta génesis simbólica es la nominación. Nombrar implica una
primerísima instancia de “representación” o significación, en tanto gesta y
delimita un acontecimiento como posible campo para toda una serie de
operaciones de conocimiento.
El paso de lo
innominado a lo nombrado por cierto que no es ingenuo ni neutro, por el
contrario tiene una intencionalidad y es el resultado de una correlación de
fuerzas. Como afirma Bourdieu, las categorizaciones, las clasificaciones, los
enclasamientos, los lugares comunes, los principios de división “constituyen la apuesta de unas luchas entre
los grupos a los que caracterizan enfrentándolos.” (Bourdieu, 1985: 487) En
tanto las categorías que dan nombre funcionan en el orden de la inclusión –
exclusión ya que definen “lo que es” y “no es” el caso, diferencian entre el
“nosotros” y los “otros”.
Es por esto que en
la investigación social es necesario estar atento a estas intencionalidades. En
el trabajo de campo “es preciso aprender
a examinar los vocabularios en función de los supuestos y propósitos de los
usuarios, y no como una caracterización objetiva de las personas u objetos de
referencia”. (Taylor y Bogdan, 1987: 73)
El tramo siguiente
en la escala está dado por los espacios simbólicos, en donde Conde diferencia
entre la configuración simbólica, la valoración y la configuración semántica. En estas etapas el relato o
acontecimiento que constituirá el caso sufre una primera estructuración de lo
múltiple y heterogéneo propio de la génesis simbólica.
Estas dimensiones
remiten al orden propio del lenguaje que tipifica o estructura el relato
otorgándole su propia coherencia interna. Corresponde con las operaciones
metodológicas a partir de las cuáles un primer relato que apela a las
motivaciones subjetivas del actor comienza a estructurarse desde lo
intersubjetivo, desde las tipificaciones o “motivos porque” objetivados en el
acervo de conocimiento a mano. (Schutz, 2003: 88/89)
La primera
operación que genera un orden es la configuración simbólica, las tensiones
simbólicas y los equilibrios de poder definen la configuración, de allí la
“polifonía” de voces propia de la investigación cualitativa. El conjunto de
metáforas que caracterizan al acontecimiento busca imponer un principio de
división al producir características bipolares que se enfrentan entre sí
(Bourdieu, 1985): “bueno – malo”; “sano – enfermo”; “joven – viejo”; “blanco –
negro”; “normal – estigmatizado[4]”; “masculino – femenino”;
etc.
Las adjetivaciones
que caracterizan el acontecimiento constituyen una configuración, no sólo en
tanto lo describen apelando a ciertas cualidades del continuo polar más que a
otras: “es más bien blanco que negro” sino estableciendo entre esas cualidades
un orden: “fundamentalmente es varón, además es blanco, normal, sano y bueno”.
La valoración simbólica –explica Conde- remite a la idea de “perspectiva” en
Husserl: “los múltiples modos
intencionales de tener conciencia de un objeto, a los cuales corresponden
diferentes modos de certidumbre y pasividad.” (Citado en Conde, 1994:
110)
La configuración
semántica, resultante de las operaciones anteriores, consiste “en la producción/ configuración/ reducción
del fenómeno social a un espacio o instancia en el que los contextos
exteriores de determinación y configuración socio-simbólico-discursiva,
etc., más generales pasan a segundo plano, frente a la propia trabazón y
articulación interna de las dimensiones
simbólico-discursivas.” (Conde, 1994: 111) Aquí el caso (el dato) ya es
rico semánticamente en sí mismo, sin necesidad de apelar al contexto para darle
sentido, el acontecimiento se ha instalado como aquello que se ha de analizar,
como heurísticamente significativo sin necesidad de referir a otra cosa.
Además, como
consecuencia de lo anterior, el caso se ha naturalizado,
constituye una realidad objetiva
opaca, oculta, esotérica, que parece olvidar su origen ligado a la praxis humana (Berger y Luckmann, 1984:
66 y ss.) y por eso mismo analizable, objeto de interés científico.
El análisis interno
del acontecimiento “recortado” implica, no necesariamente un conocimiento
cuantitativo sino más bien topológico,
último tramo antes de llegar al descanso que dará paso al espacio euclídeo de
lo cuantitativo.
La topología, como
dijimos, implica un lenguaje matemático que permite mantener ciertas
especificidades cualitativas y contextuales. El análisis topológico del caso se
revela en la dimensionalización
referencial en donde, al igual que en el proceso de tipificación o
“etiquetado” (Becker, 2012) tomamos una dimensión del fenómeno reduciendo al
caso a esa dimensión. Por ejemplo, caracterizamos al capitalismo a partir de la
“búsqueda racional de la ganancia”[5]. El procedimiento es
similar a la construcción de los “modelos de motivaciones” (Schutz) o los tipos
ideales (Weber) en tanto estos aíslan dentro de lo empíricamente dado algunos
elementos considerados centrales, los que coordina en un cuadro coherente.
(Weber, 1964: 17 y ss.) En la búsqueda de estos conceptos resultan centrales
las “palabras claves” que surgen de las observaciones de la gente[6] (Taylor y Bogdan, 1987:
77)
El último escalón
de este tramo topológico lo constituye la estructuración
significativa entendida como práctica que permite “la creación de distintos espacios semánticos (…) de distinto tipo de
asociaciones y distinciones entre significantes que posibiliten la construcción
de unas ciertas clases de orden en
función de los ejes inicialmente conformados.” (Conde, 1994: 114)
El espacio topológico aporta a la comprensión del
proceso investigativo como construcción y reinterpretación de sentidos, desde
la delimitación significativa temporal y espacial a partir de los aspectos
subjetivos del actor, hasta el inter juego de las categorías teóricas y
construidas en el proceso de investigación y su organización en un espacio
objetivo no matematizable (Ibañez, 1985)
Espacio topológico
que permite ver las cercanías/lejanías, las posiciones de los actores y sus
relaciones con los otros, las correlaciones de fuerzas, las tensiones, las
relaciones de poder, que permite contextualizar espacialmente determinadas
prácticas, y también contextualizar temporalmente esas mismas prácticas si le
otorgamos dinamismo a nuestras cartografías.
Espacio topológico
que, finalmente, nos permite representar un territorio, pero la cartografía no
es el territorio, es nuestra interpretación colectiva del territorio, nuestras
miradas, con las relaciones de poder que nos atraviesan, con las herramientas
que ponemos en juego, mirada que puede integrar (o no) la perspectiva de los
actores que viven el territorio, de todos ellos, los dominantes y subordinados,
que puede integrar (o no) las representaciones oficiales y las divergentes y
mostrar como tensionan en el propio espacio representado, sin la aparente
objetividad (que oculta y borra las diferencias) del dato cuantitativo.
Bibliografía
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Schutz, A. (2003) El problema de la realidad social. Escritos I. Buenos Aires,
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colonialidad en ocho ensayos y una antropología por demanda. Buenos Aires, Argentina:
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Serres, M. (1995) Atlas. Madrid,
España: Cátedra.
Taylor, S. y R.
Bogdan (1987) Introducción a los métodos
cualitativos de investigación. Barcelona: Paidós.
[1] Licenciados en Trabajo
Social – Egresados de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.
Técnico
en la SEDRONAR (Secretaría de Políticas Integrales de Drogas de la Nación
Argentina) Durante 2017 y 2018 Iniciando a la docencia en “Trabajo Social y
Teoría Social Contemporánea”.
[3] En este sentido, su mirada es similar a la
Burawoy, que desde la sociología nos habla de una sociología pública que
plantee la puesta en discusión de las temáticas que afectan y son de interés de
la sociedad civil.
[4] Ver Goffman
(1990)
[5] El análisis
weberiano del capitalismo moderno occidental basado en la racionalidad.
[6] Taylor y Bogdan
ejemplifican esto a partir de la forma en que los médicos y enfermeras
clasificaban a los niños en la unidad neonatal de un hospital, por ejemplo,
como “comedores”, “no viables” o “crónicos”.
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