¿Para qué sirve, si es que sirve, el trabajo social? Habilitando figuras acerca de lxs trabajadorxs sociales y su valiosa inutilidad.
Este texto surge de la pregunta acerca de la actual
necesidad e importancia del trabajo social. Enredadxs en ocasiones como
profesionales en querer darle altura científica y solemnidad disciplinar,
podemos perder de vista si nuestra tarea sigue teniendo trascendencia. Enojadxs cada vez que alguien nos “confunde” con el/la
asistentx social, ofuscadxs, heridxs de ego, librando batallas infértiles y
ególatras, podemos perder de vista si nuestra tarea sigue siendo trascendental en el sentido kantiano[1]
del término. Pues quizás ésta es la pregunta: para la alteridad, para esx otrx
muchas veces en situación de sufrimiento social, ¿nuestra actuación profesional
es trascendente, en cuanto señala un
más allá, y trascendental, en cuanto
genera condiciones de posibilidad? Sinceramente, preferimos bucear estas
preguntas y no estar a la altura de ciertxs científicxs y en la vanguardia de ciertas
disciplinas científicas. Porque en un mundo donde todo tiene que ser útil a los
ojos del mercado, preferimos un trabajo social
de la inutilidad, que no sirva a nadie ni para nada; porque en un mundo
donde la importancia guarda aires de arrogancia y solipsismos, preferimos un
trabajo social que no esté a la altura de nada ni en la vanguardia de nadie,
sino un trabajo social de retaguardia y
que valga la pena (y cierta alegría, no aquella falsa de globitos amarillentos)
y que deje en paz.
Discurramos entonces en torno a la necesidad e
importancia del trabajo social abriendo una primera cuestión: ¿cómo hacemos
para que el trabajo social siga siendo trascendente
en cuanto ofrezca signos o señales a la vida de los pueblos y de las personas,
y, por qué no, a las nuestras (que también somos pueblo y personas)?
Y lanzamos como tentativa de respuesta: El trabajo social viene a recordarle al/la
otrx que no está libradx a su propia suerte, a la suerte[2] que
le tocó. Y es que hay quienes nacen en la “buena suerte”, y hay quienes han
nacido en la “mala suerte”, les nadies
que el maestro Eduardo Galeano nos narró con tanta fuerza de conmoción. Y ahí
está la trascendencia del trabajo social: cuidar lo que está descuidado,
abrazar lo que está abandonado, acariciar lo que no se quiere tocar, escuchar
lo que no se quiere oír, mirar lo que no se quiere ver, olfatear lo que no se
quiere oler. El trabajo social es un campo de actuación que permite a cada
persona plantearse la alternativa de cambiar/mutar su destino. Y es que no
creemos que haya destinos predeterminados o naturales, y, sin embargo, hay
quienes nacen en la “mala suerte”. Y es esa gente la que nos ocupa: lxs nacidxs
en la “mala suerte”, a lxs que este mundo de mala vida les plantea enormes
dificultades para que puedan salir al mundo, mundo que se reza inclusivo pero
que no deja de discriminar entre lxs de la “buena suerte”, que importan y
valen, y lxs de la “mala suerte”, que no valen ni el precio de la bala que lxs mata.
El trabajo social se
mete con y en lo público, con lo común, lo que es de y para todxs, allí
donde están las posibilidades de torcer aquella “mala suerte”. Esta es nuestra
proclama: encontrarnos con las gentes de la “mala suerte” y a través de lo
público ofrecer múltiples destinos que no sean los que en “suerte” les ha
tocado, que les nadies tengan otras posibilidades que no sólo las “iniciales” y
las “naturales”. En ocasiones, esto supondrá deconstruir ciertos mandatos y
silencios familiares, como si dijéramos que tenemos que volver a ser lxs que
“quitan” a lxs niñxs (y adolescentes, jóvenes, adultes y viejes) de sus
familias, en tanto institución reproductora de un status quo que sostiene como verdad, se trata pues de brindar
posibilidades para que el/la otrx pueda, a su tiempo y a su modo, desplazar su
mirada desde el ámbito privado al mundo de
lo público[3].
Y esto lo decimos no desde una posición moral sino ética. No desde
intervenciones morales que mandan a cómo “tienen que” o “deben hacer” les nadies, puesto que la actuación
desde la ética no transmite objetos
sino relaciones con los objetos. Las
familias pueden ser atmósferas en las cuales, depende de la suerte que te haya
tocado, harás o no determinadas cosas. Por eso la actuación profesional
(re)crea igualdad, rompe esa burbuja de cristal, y sin importar quién es el/la
otrx ni de dónde viene, actúa con cualquiera para (re)crear equidad en la “mala
suerte” y construir con cualesquiera otras suertes posibles.
Esta tarea de ofrecer buena suerte en la mala suerte,
nos vincula con una figura de la profesión que queremos resaltar: la de educadores sociales. Y aquí abrimos una
segunda cuestión a propósito si el trabajo social es trascendental, en cuanto condición de posibilidad, para la acción
educativa que consiste, desde el pensamiento de Hannah Arendt, en la travesía
de salir al mundo y aprender a vivir. Vivir en sociedad es
salir de unx mismx hacia el mundo, es no quedarse en la propia vida y abrirse a
la vida de nos-otrxs, es a-bordar una travesía fuera de lo que ya se sabe, ya
se piensa, ya se hace, y, en esa travesía, aprender ese difícil arte/oficio de
vivir, aunque no exista una escuela que
enseñe a vivir. Como educadorxs
sociales, nos planteamos entonces qué experiencias de mundo ofrecemos y
señalamos en nuestras actuaciones profesionales, si es que las mismas abren
mundos e invitan a salir; y qué experiencias de aprender a vivir, esto es
aprender las cosas importantes de la vida, facilitan. Y aquí tenemos la
sensación que, en muchas actuaciones profesionales, los objetivos anteriormente
marcados se reemplazan por cosas parecidas, que suenan casi igual, pero que no
son para nada lo mismo. Muchas veces lo que se escucha no es una invitación a salir al mundo, sino una urgencia de intervenciones
que tienen como fin que el/la otrx salga
a un tipo de mercado de trabajo, o, peor aún, a un tipo de mercado de un tipo de empleo. Se pierde aquí que salir al mundo es salir a un mundo
vasto, ancho, es salir del mundo pequeño y privado, y cierto mercado, como cierta
familia, son mundos chiquitos, reducidos, solo una parte. Y en ese salir al mercado, se cambia sutilmente
el aprender a vivir por el aprender a ganarse la vida. Donde ese ganarse la vida, es curioso, y hasta
humillante y denigrante, pues puede implicar que si me la tengo que ganar es
porque la tengo ya perdida o puedo perderla. Considerando, entonces, esta
figura de educadorxs sociales, ¿cómo cuidar la vida en un mundo del mercado y
la tecnología, un mundo 24/7 que manda a estar todo el tiempo despiertx,
conectadx y produciendo, un mundo del conocimiento lucrativo, de la
aceleración, de la hiperindividualidad, de una felicidad banal? ¿Y cómo, y si
es posible, en ese cuidado de la vida, hacer tal vez un mundo nuevo, un mundo
que no genere vidas precarizadas, que no sea un mundo vertiginoso que va lleno
de prisa sin ir a ninguna parte? Surge entonces una clave para nuestras
actuaciones profesionales: cómo son
capaces de crear detención. Y es que, en este mundo de aceleración, ya no
basta con ir lento. Pues la lentitud está en la misma línea de desarrollo que
la aceleración. La rebelión consiste hoy en detenerse. Esto es, crear otro
tiempo, generar otra relación con el tiempo, una relación que ya no sea
infrahumana.
Abrimos una tercera y última cuestión, que ya viene
(re)sonando entrelíneas y es, ante este panorama, qué puede significar ser un/a buen/a trabajador/a social. ¿Cuál es
su rol? Ninguno, che (¿?). Sinceramente, preferimos hablar de figuras en lugar de rol, preferimos el sustantivo femenino y plural que el sustantivo
masculino singular. El rol resuena a enrolamiento.
Enrolarse, palabra bastante militar, es estrechar filas en algo, alistarse, es
también según el diccionario de la RAE inscribir a alguien en el rol o lista de
tripulantes de un barco mercante. Es además el nombre que recibía el antiguo
Documento Nacional de Identidad, Libreta de Enrolamiento que, según la RAE, era
ese documento oficial con que el varón acreditaba su identidad a efectos
militares, electorales o de la vida cotidiana, mi papá precisamente tenía
libreta de enrolamiento. O sea que hay algo cuando se piensa el rol que nos ata a una política de la
identidad y del reconocimiento que sigue compulsivamente queriendo/necesitando
ser satisfecho. Se produce un obstáculo cuando nos exigimos ocupar un rol que
nos prescribe modos acotados y estables de hacer. Y pareciera que habita una
potencia de reinvención cuando nos atrevemos a considerar que puede haber un fuera de rol, o un por fuera del rol, y es, paradójicamente, en ese margen, en esos
intersticios y periferias, donde algo puede pasar, siempre y cuando nos hagamos
investigadorxs. Investigadorxs sin investiduras, como quien deja caer cierta
(im)postura profesional amasada en una tradición anclada en condiciones
históricas e institucionales singulares que prescriben únicos modos universales
de ser. Pensar nuestro quehacer desde figuras
abre un campo de fuga que permite jugar diferentes maneras de estar y de andar
en el desarrollo de la actuación profesional, sin preocuparse tanto en quién
debo ser y cómo me ve el/la otrx, sino en cómo miro, qué ofrezco, qué señalo, qué
provoco, qué condiciones de posibilidades se generan, cómo soy capaz de leer y
de habitar el desconcierto, cómo nos encontramos los cuerpos y entre los cuerpos en nuestra vulnerabilidad y precariedad, y cómo podemos vivir
juntxs en un mundo que está feo. Al decir de Judith Butler, un mundo de mala vida, un mundo de
exclusión, donde algunos cuerpos importan y otros no, donde algunas vidas valen
y otras no, un mundo que produce y se alimenta de las vidas precarias. Este
mundo global, empresarial, mundo de mercados y finanzas, ha roto las promesas
de futuro/presente para todxs. Y plantea una pseudopromesa, tramposa y
engañosa, que algunxs han denominado hiperindividualidad: este mundo exige a
cada unx ser dueñx de su destino; promete que, si hay esfuerzo, habrá éxito; y
advierte que, si el éxito no se logra, la culpa es propia e individual. Un
mundo que te muestra todo lo que podrías tener, pero que, al fin de (las)
cuentas, algunxs nunca tendrán. A muchas vidas sólo les queda elegir,
recordando nuevamente al maestro Eduardo, con
qué salsa serán comidos. Y en este mundo de mala vida, lxs trabajadorxs
sociales son reducidxs, por cierta burocracia y en el mejor de los casos, a un
rol de simple mediación administrativa entre un “sujeto de derechos” y la
información, entre un “sujeto de derechos” y un camino administrativo de
consecución de recursos. Información y recursos que otras elites ponen a
disposición, a gusto y antojo. En un mundo como el nuestro, el mercado ocupa el
lugar de la formación, elige cuáles son los conocimientos, los procedimientos y
los valores que han de enseñarse, y exige a otras disciplinas, profesiones e
instituciones, que, como buenos y sumisos dispositivos de socialización, sean
lugar de democratización pacífica, de inclusión relativa, de tolerancia
desesperante y conduzcan a la ciudadanía al mundo del trabajo, para unxs
cuantxs. Y ahí va el Trabajo Social generando experimentos para socializar
independientes y autoafirmadxs futurxs empleadxs, siempre futurxs, en un clima
(pseudo)feliz a pesar de todas las cosas que pasan en el mundo. Contra esto,
propiciamos un trabajo social que habilita espacios para el cuidado y el
desarrollo de la vida y no una profesión meramente certificadora de estados,
trayectorias y vulnerabilidades de otrxs.
Por esto, y por otras cosas, nosotrxs queremos fugar figuras y no enrolarnos en un rol. ¿Qué figuras podemos acercar para pensar
nuestra actuación profesional en los tiempos actuales? Aquí se abre una
pregunta interesante, y consiste en si nuestras actuaciones profesionales
tienen que ser transparentes con la época o deben rebelarse, si han de ser
actuales y funcionales o inactuales y por eso, valiosamente inútiles.
Lxs trabajadorxs sociales fugamos una figura de alteridad. Una alteridad que controversia, que desnaturaliza, como si dijese:
“Detenete, mirá que hay otros mundos”.
Una alteridad que no es cómplice ni está para complacer, sino que es extraña y
pone diferencias. La alteridad no es un semejante (que no quiere decir que no
sea un igual), es alguien que viene a crear una distancia. Nos hemos formado
con la idea que hemos de buscar siempre las maneras de aproximarnos, y lo que
ponemos a jugar es que, quizás, tengamos que separarnos. Y hemos de separarnos para que algo pase. No estamos
planteando una separación que es indiferencia, sino una separación que abre
espacios para que cada cual sea quien sea, un espacio donde se pueda escuchar
que “yo soy yo y vos sos vos, que yo no
estoy en este mundo para satisfacer tus expectativas y vos no estás en este
mundo para satisfacer las mías, que si nos encontramos es hermoso y que si no,
no hay nada que hacer”. Hemos de poner alteridad en la relación, como si
dijéramos: “De tu vida, vos sos
responsable; y, eso sí, no estás
libradx a tu propia suerte”. En este texto nos proponemos entonces
recuperar el centro de gravedad de la actuación profesional: el trabajo social
crea alteridad, irrumpe, molesta, va en contra de la idea de lo natural y lo
normal. Se rebela contra ese “así son las cosas”, habilita y legitima
espacio(s) para que toda y cualquier vida, sobre todo las rechazadas,
marginadas, vidas precarias, tengan y se hagan lugar.
Lxs trabajadorxs sociales fugamos también una figura de tiempo. Nuestras actuaciones
dan tiempo, no apuran, ni aceleran ni lentifican. Simplemente damos tiempo para
que el/la otrx haga lo que tiene/quiere/puede/le sale hacer. Lxs trabajadorxs
sociales hacen valer la pena el instante, es un trabajo social atento no a lo
que imagina que puede pasar, sino al instante que se cruza y acontece. Y abre
ese instante para que dure, aun sabiendo de su fugacidad. En un mundo donde no
tenemos tiempo, damos tiempo, muchas veces lo damos sin tenerlo tampoco
nosotrxs, o sintiendo la presión y la urgencia de otrxs funcionarixs. Y lo
damos para que el otrx pueda tener tiempo. En este sentido nos referimos a dejar en paz: crear espacios de
detención, para la intensidad, tiempos que quizás no sean útiles ni produzcan,
pero que tal vez generen cierta disrupción o discontinuidad con ese mundo
familiar y privado, y permitan o hagan posibles condiciones para que otras
alternativas de mundo se hagan presente. Y saber retirarnos. No solo dejar en paz, sino también saber dejar, en paz.
Lxs trabajadorxs sociales fugan una figura de conversación. Porque creemos
que las cosas más importantes de la vida necesitan de la conversación,
conversamos sobre el mundo y sobre la vida. Es simplemente llevar nuestra
existencia ahí, ahora, con lo que sabemos de sociología, de psicología, de
derecho, de filosofía, del mundo del espectáculo y de la farándula, de cocina y
de jardinería, del amor, en fin, de vivencias personales, y también con todo lo
que no sabemos y podemos conocer. El/la trabajador/a social no sabe con qué
puede encontrarse, va sin muchos dispositivos y con mucha disposición, con
ganas de habilitar el campo de lo visible y de lo enunciable, de lo pasable, a
través de disparadores que posibiliten conversaciones y que sucedan cosas. La
conversación distrae de la consecuencia del fin útil y pragmático, potencia una
actuación sin fines de lucro, habilita la pregunta acerca de la potencia de
actuaciones inútiles, que no sirven
para nada, que no son provechosas.
Lxs trabajadorxs sociales, insistimos, como figura que separa. Un separador entre la
actuación y la resolución; la acción y la satisfacción de la necesidad o el
ejercicio de derechos. Actuar y resolver, accionar y satisfacer o ejercer
derechos, no se dan al mismo tiempo ni del mismo modo. Como trabajadorxs
sociales ofrecemos signos que otrxs descifrarán a su tiempo y a su modo. Somos
aquellxs que exponemos el mundo de otra manera y dejamos en paz para que el/la
otrx haga lo que quiera, a su tiempo y a su modo. Como si dijéramos: “Yo me encargo de actuar profesionalmente,
vos encargate de resolver tu necesidad y ejercer tus derechos”. Desde aquí
podemos pensar la necesidad no sólo como carencia sino como potencia singular y
colectiva, donde no sólo se tienen en cuenta el problema o la dificultad, sino
también las capacidades para que se vayan develando implicaciones, resoluciones
y soluciones.
Por eso, para concluir, es también una figura de generosidad. Generosidad no
desde un marco con matices filantrópicas o de morales religiosas. Generosidad
en el sentido humano de ofrecer signos sabiendo que el /la otrx no necesita del
profesional para darse cuenta, para haber aprendido, para restituir su derecho,
para recuperar su poder. Porque digámoslo: no empoderamos ni emancipamos a
nadie. El poder y la libertad del/la otrx no lo decido yo ni depende de mí.
“Lo
público del trabajo social nada tiene que ver con el mérito y las
certificaciones.
Se
está allí para no dejar a lxs otrxs libradxs a su propia suerte, la mala
suerte.
Se
está allí para ir contra el orden “natural” de las cosas,
esa
“naturaleza” que algunxs piensan que es inefable y que no se puede contradecir
ni torcer.
Se
está allí para que el mundo no se acabe
y
para que lxs nadies hagan otras cosas con el mundo y la suerte que les tocó.
Se
está allí porque si no las publicidades, buena parte de los medios, las
empresas,
algunas
organizaciones no gubernamentales, cierta política pública,
y
ciertas disciplinas científicas y modos de hacer ciencia,
se
alimentan de lxs nadies con lxs que nunca conversan.
Se
está allí, para que sea uno de esos lugares que luego recordaremos, quizá,
como
uno de esos momentos en que fue posible transformarse unx mismx
por
la presencia de otrxs diferentes.
Se
está allí, en fin, para que ningún hombro se encoja, y la fatalidad no gane la
partida.”
Ideas y letras
robadas a:
Carlos Skliar. Judith Butler. Silvia Duschatzky. Hannah
Arendt. Boaventura de Sousa Santos. Eduardo Galeano. Byung-Chul Han. Fritz
Perls. RAE.
[1]
Kant, filósofo alemán. Comprende lo trascendental como “condición de
posibilidad para…”.
[2]
Queremos aclarar que no creemos que la suerte
en la que alguien nace es mera cuestión de azar, las desigualdades y los
contextos de vida son también producto de decisiones e intereses de unxs pocxs.
La pretensión es jugar con la metáfora que nos acerca Eduardo Galeano en su
relato de “Los Nadies”, quienes sueñan
que algún día mágico les llueva la buena suerte.
[3]
Esto también supondrá (re)pensar nuestras relaciones con los ámbitos
empresariales y con lxs funcionarixs políticxs y gubernamentales, que varias veces
hacen de lo público algo privado y privativo.
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