Proyecto: Identidad, ciudadanía y diversidad cultural: sus prácticas y representaciones desde la mirada local.
El concepto de identidad que trabajamos en nuestro
proyecto está situado en un marco de modernidad tardía y de grandes cambios que
impactan, no sólo “extensivamente” a niveles mundiales, sino que también tiene consecuencias
a nivel de la subjetividad e “intensivamente” (Giddens, 1995).
En este sentido,
resulta adecuada la distinción que realiza Ricoeur cuando se refiere a la
identidad (narrativa) pero también a la identidad individual. En el tomo III de
“Tiempo y Narración” (1985) ya hace referencia al concepto que luego desarrolla
en su trabajo posterior “Sí mismo como otro” (1996), ubicándolo como intervalo
o brecha entre la mismidad y la ipseidad. (Robin, 1996) Mismidad entendida como “un polo de estabilidad de la identidad (…)
que cubre todo aquello que da cuenta de una continuidad” (Robin, 1996:38). Ipseidad como un segundo polo que se
corresponde con la idea de una identidad no acabada, y que permanentemente se
está construyendo (Giddens, 1994a, 1994b). Este polo “se corresponde, no con la estabilidad sino con una promesa de sí
mismo. Es el polo que va a abrir el sentido de la palabra identidad a la idea
de una identidad que no está nunca terminada y a la que (Ricoeur) le da una suerte de sentido infinito”. (Robin,
1996:38). Esta ipseidad es también
considerada por otros autores que trabajan esta definición como aquella
dimensión activa de la experiencia cotidiana, (Corcuff, 2005) que es útil
operativamente. La identidad sería entonces aquel proceso ubicado entre esos
dos polos, referidos a lo que permanece y a lo que cambia en la subjetividad y
de acuerdo al contexto, habrá momentos en los que prevalecerá uno sobre el
otro, momentos de mayor estabilidad o momentos de acelerada transformación.
En este nuevo
siglo esos polos aparecerían como opuestos, por un lado las “identidades
múltiples” y por el otro, la rigidez o fijación con identidades “fuertes”, de
orden étnico o nacionales. (Robin, 1996). Resulta fundamental preguntarse cuál
de esos dos polos tiene mayor presencia respecto a los cambios en las
subjetividades, producidos por efecto de los procesos de radicalización de la
modernidad, la globalización, y el desarrollo de sociedades híbridas (García Canclini,
1990, 2004) en donde la identidad cultural se constituye en un contexto diverso
y complejo que pone en crisis en las instituciones que ofrecían un contorno de
cierta estabilidad, por ejemplo el trabajo, los partidos políticos, la iglesia,
la organización familiar, la educación, etc..
Es en este sentido
que se destaca la importancia operativa de esta definición, en donde quedan
contemplados, incluidos en dichos polos los procesos de producción y
reproducción de las prácticas sociales, posibilitando la aplicación de este
concepto teórico en diversos universos empíricos correspondientes a múltiples
marcos institucionales, pero también posible de ser pensado como concepto bisagra entre
disciplinas, y en este sentido, en las relaciones de la Sociología con la
Psicología, la Psicología Social, la Historia, la Ciencia Política o la Filosofía.
En la modernidad
tardía (Giddens, 1995) el otro ya no está en los límites de la sociedad y ya no
es aquel a ser asimilado en cuánto ingresa a nuestra comunidad a partir de un
proceso homogeneizador generado por los Estados nacionales, por el contrario
los lindes con la diversidad está en nuestros propios
cuerpos (Geertz, 1996) y la construcción de las identidades se realiza en
contextos de diversidad.
La emergencia de cambios económicos, políticos y culturales -asociados a
la crisis de los Estados del Bienestar- ha provocado una ruptura con la matriz
política clásica, dando paso a una nueva pauta simbólica y material de
organización de las sociedades contemporáneas. Estas transformaciones
político-culturales han dado lugar a que las temáticas de la identidad y la
cultura emerjan como uno de los problemas relevantes en el proceso de
definición de la ciudadanía.
La sustitución de las sociedades tradicionales por el orden social de la
modernidad tardía ha acrecentado las diferencias lingüísticas, religiosas y
culturales. La globalización ha diluido las fronteras étnicas y culturales, tanto como las geográficas o
políticas (Alegre y Subirats, 2007).
Con ello, la diversidad cultural ha adquirido una nueva dimensión; deja de ser
un rasgo específico de algunas sociedades particulares para, gradualmente,
extenderse al conjunto el planeta.
El término “diversidad cultural” ha sido cargado de diferentes
interpretaciones, derivados algunas veces de la historia, y otras, de sutilezas
lingüísticas o semánticas. Sin embargo, es importante destacar que la
diversidad cultural no puede verse solo como una diferenciación, en tanto la
diversidad se manifiesta en situaciones concretas y necesita ser
contextualizada, pues el sentido histórico de las “diferencias” redefine su
propio sentido simbólico.
La diversidad cultural no es un concepto cerrado, sino que, por su
naturaleza dinámica y flexible, evoluciona constantemente, a causa de la
interacción constante entre culturas diversas. La interculturalidad actual
tiene como marco de referencia una visión fluida de la cultura y la identidad,
y no da por sentadas las fronteras o delimitaciones. Se podría hablar de una “identidad en proceso” que no es
totalmente parte ni está totalmente aparte de su cultura, sino que vive más
bien en el borde.
Se atribuye a la diversidad cultural la diversificación de la
experiencia humana. ¿Resulta posible pensar un proceso de integración material
que al mismo tiempo reconozca las diversas manifestaciones identitarias de los
sujetos miembros de una comunidad? El problema nos remite a la posibilidad que
efectivamente la integración material pueda constituir el anverso y la
diversidad cultural el reverso de una noción coherente de ciudadanía, problema que
nos incita a pensar sobre cómo incluir, diluir y sobrepasar las dimensiones de
lo cultural y lo estructural en un proyecto de construcción de ciudadanía de
naturaleza híbrida: simbólica y material al mismo tiempo.
Los Estados
nacionales se ven cada vez más constreñidos a respetar las identidades
culturales presentes en su territorio (Arlettaz, 2014) sin poder caer en las
respuestas típicas frente a la diversidad (la identificación compulsiva o la
expulsión, el ostracismo).
No pudiendo ocultar
la diversidad de nuestras sociedades se plantea la cuestión de cómo batallar
con este dilema encontramos dos modelos en la relación entre pluralismo y Estados
nacionales la ciudadanía diferenciada (Kymlicka, 2000; 2009) y el igualitarismo
formal (Rawls, 2003; 2004 Habermas, 1994; 1999; 2003; Anabalón, 2011).
El primer modelo
pone el eje en las diferencias entre comunidades cuyos miembros exigen un trato
diferenciado, el supuesto aquí es que si el sistema jurídico (ya dado) no tiene
en cuenta las particularidades de los diferentes grupos culturales, de hecho
resulta en la imposición de esos patrones jurídicos del grupo dominante por
sobre las minorías.
El segundo propone
tratar de modo igualitario a todos los ciudadanos prescindiendo de sus diferencias
identitarias, lo que no significa eliminarlas sino tornarlas públicamente
irrelevantes. Jürgen Habermas encarna este segundo modelo en su versión
republicana al afirmar que lo que justifica la existencia del Estado es la
garantía de la formación de una voluntad y comprensión común a todos los
ciudadanos. (Habermas, 1999; 2003) y al plantear la necesidad de formular entre
todos un proyecto ético común sustantivo.
Mantenemos como
uno de los términos centrales de nuestra investigación al concepto de prácticas sociales, el cual retiene en todo su sentido el
carácter significativo y transformador de la noción marxiana de praxis, es por eso que ligamos la noción
de prácticas sociales con los conceptos de participación,
militancia y activismo.
Ponemos el énfasis
en la práctica que implica establecer una diferencia, y que como tal define al
hombre como agente social transformador (Giddens, 1995), concepción presente en
la definición de Habitus de Bourdieu
(1991) y en la noción de Experiencia
de la fenomenología de Husserl y Schutz (Belvedere, 2012)
Para Bourdieu, las
prácticas sociales son objeto de actos de percepción, de apreciación, de
conocimiento y de reconocimiento que forman parte y tienen independencia
relativa del mismo objeto que encarnan: “la
representación que los individuos y los grupos ponen inevitablemente de
manifiesto mediante sus prácticas y sus propiedades forman parte integrante de
su realidad social.” (Bourdieu 1988: 494). El habitus de un agente se
constituye como un esquema generador y organizador de las prácticas sociales, y
de las percepciones y apreciaciones de las prácticas propias y de las de los
demás; en tanto da a la conducta esquemas básicos de pensamiento, percepción y
acción. Aquí el habitus, en tanto sistema de representaciones
transferibles, funciona como matriz de percepciones y acciones, haciendo
posible el cumplimiento de tareas infinitamente diferenciadas, repitiendo
prácticas sin necesidad de tener que hacer una reflexión consciente o un
control lógico, o apelando a la invención para hacer frente a situaciones
imprevistas, pues las disposiciones que constituyen el habitus son parcialmente
sustituibles, y así es posible inventar una infinidad de soluciones a las
situaciones que se actualizan en el campo (Arué y Córdoba, 2009).
Desde estas
perspectivas la práctica social se genera como procedimiento de acción
(Garfinkel, 2006) que no sólo permite desarrollar las acciones sino además
darles sentido, es por ello que esta visión se presta para el análisis, tanto
de las prácticas profesionales (Knorr Cetina, 2005) como de las prácticas
transformadoras en el ámbito social o político.
Tanto la noción de
militancia (Natanson, 2012) como de activismo implican la participación tanto
en el ámbito político como en el social o comunitario. Se mencionan los tres
conceptos precisamente para no restringirlos a ninguna dimensión del espacio
social, en tanto nos interesa la praxis en lo político, lo social, o lo
comunitario. Respecto a las temáticas abordadas en nuestro proyecto, haremos
referencia al desarrollo del campo profesional, a la militancia política o al
activismo en defensa de los derechos culturales o los de identidad de género.
Las prácticas sociales transformadoras ligadas a la participación, la
militancia o el activismo se relacionan directamente con el concepto de ciudadanía, en tanto ésta se construye
en referencia a dichas prácticas.
Buscando una
definición integradora, puede decirse que la ciudadanía alude a "una identidad
cívica compartida, de alcance universal, que une a los miembros de una
comunidad política con independencia de sus afiliaciones y por encima de sus
diferencias, estableciendo el acceso a derechos (políticos, civiles y sociales)
y responsabilidades respecto los deberes derivados de tal identidad. Los miembros
de esa comunidad promueven el bienestar común y son considerados participantes
activos en las instituciones políticas de la sociedad" (Konttinen, 2009;
Leydet, 2009; Cortina, 2005; PNUD, 2004; Kymlicka, 2003; Marshall, 1998 [1950];
Rawls, 1996 [1993]).
Si bien en su
concepción moderna la ciudadanía estaba relacionada con la igualdad, pues
implicaba un conjunto de derechos y deberes compartidos por todos en tanto
ciudadanos del Estado-Nación; la igualdad jurídica y política así definida
sufre la consecuencia, -en la era de la globalización-, de un conjunto de
desigualdades tradicionales y nuevas (Andrenacci, 2003): la desigualdad
económica –por ejemplo el acceso al trabajo o las condiciones en que se
desarrolla el mismo (Sennett, 2005)-, la desigualdad étnico/cultural, la
desigualdad en cuanto al acceso al sistema educativo y a la calidad de los
saberes, (Tenti Fanfani, 2007; Terigi, 2007), y en este sentido la relación
entre desigualdad, diversidad y estigma (Skliar, 2007; Duchatzky t Skliar,
2000; Baquero, 2002; 2016) o la
desigualdad de género (Pommier, 2012), que amplían, desarticulan y restringen
la ciudadanía como capacidad de generar experiencias significativas.
Vivimos, entonces,
en un momento en donde el concepto de ciudadanía abarca múltiples dimensiones y
no se restringe a las libertades políticas, por tanto la capacidad de generar
identidades desde el sujeto o la participación en movimientos de defensa de los
derechos culturales (Touraine, 2006) o los movimientos de indignación y
esperanza que se desarrollan en la era de internet (Castells, 2012), o las
revueltas en favor de una nueva significatividad del trabajo (Sennett, 2008) y
la reformulación del Estado social (Castel, 2004, 2010) constituyen múltiples
figuras del caleidoscopio de la ciudadanía.
Otra perspectiva
de análisis alude al concepto de representaciones
sociales, originario de Durkheim (1898) y reelaborado
por Moscovici (1979), quien propone que las representaciones sociales deben
entenderse como una forma particular de adquirir y comunicar conocimiento,
siempre manteniendo la primacía de lo social sobre lo individual, ya que este
autor defiende que son las representaciones las que guían los pensamientos.
Estas representaciones se imponen a los individuos como el producto de una secuencia
global de elaboraciones que tienen lugar en el tiempo y que son el logro de
sucesivas generaciones.
Conceptualmente,
la representación social es “una forma de
conocimiento social” (Jodelet, 1986:473) mediante la cual los sujetos
interpretan los sucesos y acontecimientos del mundo social. Asimismo,
posibilitan a los individuos orientarse y actuar en el entorno físico y
simbólico donde viven, puesto que les permite categorizar y significar las
múltiples circunstancias que acontecen en él, tornando familiar lo desconocido
y perceptible lo imperceptible (Kornblit, 2002). Las representaciones
atraviesan por un proceso social de elaboración, en el que intervienen códigos,
valores e ideologías. Así se construyen, se reconstruyen y se transmiten de
generación en generación, dando lugar a que se desplieguen en las prácticas
sociales de los actores, orientando a los individuos en el contexto social y
regulando la interacción. Estas formas de pensar y crear la realidad social
están constituidas por elementos de carácter simbólico, y tienen la capacidad
de dotar de sentido a la realidad social, al proveer a los miembros de un
código compartido que les permite nombrar y clasificar sin ambigüedades los
aspectos de su mundo y de su historia individual y grupal.
En las
producciones de Denise Jodelet (1985,1989, 1995, 2006), la representación
social aparece con el fin de intentar dominar esencialmente el entorno,
comprender y explicar los hechos e ideas de nuestro universo de vida, en tanto
la representación social es una “forma de
conocimiento orientado hacia la práctica y que concurre a la construcción de
una realidad común a un conjunto social” (1989: 36). La representación
social involucra de este modo un proceso epistemológico, generativo y
constituyente (Marková, 1996): las personas no solo reproducen mecánicamente
las representaciones naturalizadas, sino que producen y transforman los
conocimientos que poseen sobre la realidad, a la vez que integran los
significados -generados en instancias previas-, al cuerpo de creencias y
conocimientos preexistentes de los sujetos. En este sentido es que Moscovici
plantea su hipótesis de “polifacia cognitiva”, para demostrar un doble carácter
de las representaciones sociales, destacando su permanencia, -en tanto
responden a un trasfondo cultural-, a la vez que su variabilidad, en la medida
en que están influenciadas por las fluctuaciones del entorno social. Por lo tanto, a pesar de que el pensamiento
de sentido común adopta actualmente un carácter plural, diverso, y heterogéneo,
no significa que la novedad sustituya la tradición, eliminándola, por lo que
“la teoría de las representaciones sociales enfatiza la relación entre lo
típico (convencional) y la innovación” (Moscovici, 2003:133), en una
convivencia de saberes culturales más tradicionales con conocimientos
recientemente generados.
Las
representaciones sociales se presentan bajo formas variadas más o menos
complejas: imágenes que condensan un conjunto de significados, sistemas de
referencia que nos permiten interpretar lo que sucede, categorías que sirven
para clasificar y comprender un contexto social dado (Rodrigo, Rodríguez y
Marrero, 1993). Es decir, constituyen ellas, en sí, una forma de conocimiento social,
resultado de la actividad mental producida por individuos y grupos con el fin
de fijar su posición en relación con situaciones, acontecimientos y objetos que
le conciernen. De esa manera, la noción de representación social se ubica en
una intersección entre lo psicológico y lo social. Concierne al modo cómo los
sujetos sociales aprehenden los acontecimientos de la vida cotidiana,
construyen y reproducen los discursos que circulan en el contexto en el cual
interactúan, generando un conocimiento espontáneo, el que habitualmente se
denomina conocimiento de sentido común.
Las
representaciones sociales son concebidas en este proyecto como parte de un
proceso intersubjetivo, que da lugar a que los actores sociales participen
activamente en la configuración de las mismas. Por ello, la complejidad del
fenómeno representacional legitima combinar enfoques o perspectivas teóricas,
que de modo complementario se articulan, como manera de lograr un acercamiento
más profundo y multidimensional a la realidad social, que involucra a las cosas
y a los cuerpos.
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