Acerca de la(s) cartografía(s): bucle entre territorio(s) y mapa(s)
Introducción.
La(s)
cartografía(s) implica(n) una serie de contenidos, procedimientos y actitudes.
Contenidos de la cartografía: mapeo de actores comunitarios, signos,
movimientos, flujos, diagnóstico, etc. Procedimientos de la cartografía: los
cómo hacer, procesos y resultados. Finalmente, actitudes: es aquí precisamente
donde queremos hacer foco: cartografiar es habitar la tensión entre mapa y territorio. La cartografía
es el proceso y el resultado de aquel entre
que acontece al experimentar el territorio y al mapear la experiencia. Este
texto quiere trazar algunas ideas en torno a estas metáforas del mapa y del
territorio. Metáforas que nos permiten y facilitan la acción-investigación en
nuestras actuaciones profesionales.
Queremos
hacer resonar, circular y fugar palabras alrededor de la idea que cartografiar
implica un bucle, un movimiento helicoidal, paradojal, de rizos-rizomas, entre
el(los) mapa(s) y el(los) territorio(s).
Proponemos
pensar el territorio, entre las múltiples posibilidades, como el lugar de la
experiencia, creemos necesario en territorio zambullirse en la experiencia y
estar atentxs. A la vez, proponemos pensar el mapa como herramienta para la
(des)orientación y lugar de la (des)territorialización.
El territorio como lugar de la
experiencia.
¿Por
qué elegir darle sonoridad a la palabra experiencia al momento de escrutar el
territorio?
Si
bien podemos considerar el territorio como una construcción social resultada
del ejercicio de relaciones de saber, de poder y de procesos de subjetivación,
desarrolladas a lo largo del espacio-tiempo, tenemos la impresión que la
palabra experiencia puede permitirnos
pensar el campo del Trabajo Social y pensarnos como profesionalxs desde otros
lugares que refresquen nuestra ardua tarea.
Vamos
a explorar entonces lo que la palabra experiencia
nos permite pensar, nos permite decir, y nos permite hacer. Y para eso,
para explorar las posibilidades de un pensamiento del trabajo social elaborado
desde la experiencia, vamos a seguir el desarrollo de un filósofo de la educación
llamado Jorge Larrosa, que nos invita a reivindicar la experiencia y darle una
sonoridad desde algún otro lugar. En primer lugar, reivindicar la experiencia. Reivindicar su dignidad y su
legitimidad. Y esto supone reivindicar todo aquello que, tanto alguna filosofía
clásica como alguna ciencia moderna, tradicionalmente han menospreciado y
rechazado: la subjetividad, la incertidumbre, la provisionalidad, el cuerpo, la
fugacidad, la finitud, la vida. En segundo lugar, hacer sonar la palabra experiencia de un modo particular, con
cierta amplitud y al mismo tiempo con cierta precisión. Para ello, Jorge nos
advierte con una serie de precauciones en el uso o en la sonoridad de la
palabra que nos convoca y llama.
La
primera precaución consiste en separar claramente experiencia de experimento.
Es decir, sacudir un poco la palabra experiencia
de sus connotaciones experimentales.
Se trata, entonces, de no hacer de la experiencia
una cosa, de no objetivarla ni cosificarla, no homogeneizarla, no calcularla ni controlarla, no hacerla ni medible ni previsible, cuidarla de las
obsesiones e (im)posturas cientificistas y tecnicistas.
La
segunda precaución consiste en quitarle a
la experiencia todo dogmatismo, toda pretensión de autoridad. Muchas veces
la experiencia se convierte en autoridad, en la autoridad que da la
experiencia. Muchas veces se nos dice, desde la autoridad de la experiencia,
qué es lo que deberíamos decir, pensar, hacer. Pero la experiencia, lo que hace
precisamente, es acabar con todo dogmatismo: el varón o la mujer, y cualquier
elección más allá de ese binarismo, experimentadx es quien sabe de la finitud de toda experiencia, de su relatividad y de su
contingencia, sabe que cada unx tiene que hacer su propia experiencia. Por
tanto, se trata de que nadie deba aceptar dogmáticamente la experiencia de otrx
y de que nadie pueda imponer autoritariamente la propia experiencia a otrx.
La
tercera precaución consiste en pensar la experiencia
no tanto desde la acción, sino desde la pasión.
El sujeto (varón, mujer, quien fuere) de la experiencia no es, en primer lugar,
un sujeto activo, sino que es un sujeto pasional, receptivo, abierto, expuesto.
Lo que no quiere decir que sea pasivo, inactivo. Se trata de mantener siempre
en la experiencia ese principio de receptividad, de apertura y de
disponibilidad; ese principio de pasión que permite descubrir en la
experiencia, la propia fragilidad, la propia vulnerabilidad, la propia
ignorancia, la propia impotencia, lo que una y otra vez escapa a nuestro saber,
a nuestro poder y a nuestra voluntad. Vivenciar la experiencia como una
instancia de descubrimientos en cuanto instancia de apertura de mundos es
también reafirmar y resignificar lo que llevamos puesto y también nuestra
desnudez. Comprendiéndonos como sujetxs con cierta carga epistemológica y
epistemofílica, desde la cual nos disponemos a la experiencia, algo de la
potencia y la singularidad se ponen en juego.
Como
cuarta precaución, evitar hacer de la experiencia
un concepto. Tenemos cierta
tendencia a querer llegar demasiado pronto a la idea, al concepto. Esto puede
ser señal de estar siempre apresuradxs, queriéndonos apropiar demasiado pronto
de aquello que (nos) pasa, queriendo usarlo
demasiado rápidamente. Y a veces, precisamente para no llegar demasiado
deprisa, para que los procesos de elaboración de sentido(s) sean más lentos,
menos superficiales, menos tranquilizadores, más intensos, hay que resistirse a
responder a estas preguntas por el concepto, a determinar lo que es la
experiencia, determinar su ser. Es más, tal vez haya que pensar la experiencia
como lo que no se puede conceptualizar, como lo que escapa a cualquier
concepto, a cualquier determinación, pensarla no como lo que es sino como lo que
acontece. Por esto intentamos hacer sonar la palabra experiencia cerca de
la palabra vida, cerca de la palabra existencia. Y la existencia, como la
vida, no se puede conceptualizar porque siempre escapa a cualquier
determinación, porque es en ella misma un exceso, un desbordamiento, porque es
en ella misma posibilidad, (re)creación, (re)invención, acontecimiento. Tal vez
por eso se trata de mantener la experiencia como una palabra y no hacer de ella
un concepto, se trata de nombrarla con una palabra y no de determinarla con un
concepto. Porque los conceptos dicen lo que dicen, pero las palabras dicen lo
que dicen y además más y otra cosa. Porque los conceptos determinan lo real y
las palabras abren lo real. Y la experiencia es lo que es, y además más y otra
cosa, y además una cosa para vos y otra cosa para mí, y una cosa hoy y otra
mañana, y una cosa aquí y otra cosa allí, y no se define por su determinación
sino por su indeterminación, por su apertura.
La
quinta precaución consiste en evitar hacer de la experiencia un imperativo.
La experiencia no es un deber ser, no es un mandato moral, no es
una orden ni una obligación. La experiencia sucede, le sucede a cada cual, a su
tiempo y a su modo. Intentamos dejarla libre y suelta, para dejarla lo más
vacía y lo más indeterminada posible.
La
sexta y última precaución, consiste en tratar de hacer de la palabra experiencia una palabra afilada y
precisa, una palabra, incluso, difícil de utilizar, y eso para evitar que todo
se convierta en experiencia, que cualquier cosa sea experiencia, para evitar
que la palabra experiencia quede completamente neutralizada y desactivada.
En
fin, parafraseando al querido Jorge Larrosa, pensamos que si la experiencia
comienza a ser tratada en el campo del trabajo social como una cosa, y empiezan
a abundar lxs científicxs o lxs técnicxs de la experiencia, si la experiencia
empieza a funcionar dogmáticamente, y empiezan a abundar lxs que se amparan en
la autoridad de la experiencia, si se empieza a subordinar la experiencia sólo
a la acción y se hace de ella un mero componente de la práctica, si se empieza
a hacer de la experiencia un concepto bien definido y bien determinado, si la
experiencia empieza a funcionar en el campo del trabajo social como un fetiche
o como un imperativo, si la palabra experiencia
empieza a ser una palabra demasiado fácil... entonces vamos a tener que
dejársela al enemigx y, aunque sólo para llevar la contraria, vamos a tener que
empezar a reivindicar la inexperiencia
y a explorar lo que la palabra inexperiencia (o el par
inexperiencia/sinsentido) nos pueda ayudar a decir, a pensar y a hacer en el
campo del trabajo social.
Ya
precavidxs, y con los tropezones de nuestras experiencias, hagamos resonar,
recorriendo otro texto de Jorge, la palabra experiencia
para seguir abriendo mundos.
Podemos
hacer sonar la palabra experiencia, afirma Jorge, como "eso que me pasa". No “eso que pasa”, sino "eso que me pasa". Aparecen así
varias dimensiones de la experiencia que, para no caer en la tentación de
definirla conceptualmente, vamos a describirlas a través de principios, para que cada cual le dé los finales que le plazcan.
Primeramente, vamos a marcar los principios de exterioridad, alteridad y
alienación, en lo que tiene que ver
con el acontecimiento, con el qué de la experiencia, con el eso de “eso que me pasa”. En segundo lugar, tenemos los principios de reflexividad, subjetividad y transformación:
en lo que tiene que ver con el sujeto
de la experiencia, con él quién de la
experiencia, con el me de “eso que me pasa”. Finalmente, tenemos los
principios de pasaje y de pasión: en lo que tiene que ver con el movimiento mismo de la experiencia, con
el pasar de “eso que me pasa”.
Abramos
brevemente cada uno de los cuales.
Eso que me pasa: la experiencia supone,
en primer lugar, un acontecimiento, el pasar de algo que no soy yo. Algo que no
depende de mí, que no es una mera proyección de mí mismx, ni el sólo resultado
de mis palabras, mis ideas, mis representaciones, ni de mis sentimientos, mis
proyectos, ni de mis intenciones. Algo que no depende ni de mi saber, ni de mi
poder, ni de mi voluntad. Que no soy yo significa que es otra cosa que lo que
yo digo, que lo que yo sé, que lo que yo siento, lo que yo pienso, que lo que
yo anticipo, que lo que yo puedo, que lo que yo quiero.
En este
“eso” ubicamos los principios de exterioridad
y alteridad.
Principio
de exterioridad, porque esa exterioridad está contenida incluso en la sílaba ex de la misma palabra ex/periencia. Ex que también encontramos en ex/terior,
ex/tranjero, ex/trañeza, éx/tasis, ex/ilio.
No hay experiencia, por lo tanto, sin la aparición de un alguien, o de un algo,
o de un hecho, o de un acontecimiento, que es exterior a mí, extranjero a mí,
extraño a mí, que está fuera de mí mismo, que no pertenece a mi lugar, que no
está en el lugar que yo le doy, que está fuera de lugar. Principio de
alteridad. Porque eso que me pasa tiene que ser otra cosa que yo. No otro yo u
otro como yo, sino otra cosa que yo. Es decir, algo otro, algo completamente
otro, radicalmente otro. Y eso que me pasa al ser otro ajeno a mí no puede ser
mío, no puede ser de mi propiedad, no puede estar previamente capturado o
previamente apropiado ni por mis palabras, ni por mis ideas, ni por mis
sentimientos, ni por mi saber, ni mi poder, ni por mi voluntad.
Esa
exterioridad del acontecimiento no debe ser interiorizada, sino que se mantiene
como exterioridad. Esa alteridad no debe ser identificada, sino que se mantiene
como alteridad. La experiencia no reduce el acontecimiento, sino que lo
sostiene como irreductible, irreductible a mis palabras, a mis ideas, a mis
sentimientos, a mi saber, a mi poder, a mi voluntad. Es por esto que la
experiencia nos altera.
Eso
que me pasa. La experiencia
supone un acontecimiento, algo que no soy yo pasa. Pero supone también que algo
me pasa a mí. Lo que pasa, no pasa
sólo ante mí o frente a mí, sino que me pasa a mí, es decir, en mí. La experiencia supone un
acontecimiento exterior a mí, pero el lugar de la experiencia soy yo. Es en mí,
o en mis palabras, en mis ideas, en mis representaciones, en mis sentimientos,
en mis proyectos, en mis intenciones, en mi saber, en mi poder, en mi voluntad,
donde la experiencia tiene lugar, donde se da la experiencia.
Jorge
ubica aquí los principios de subjetividad,
reflexividad y de transformación.
Principio
de subjetividad, porque el lugar de la experiencia es el sujeto o, dicho de
otro modo, la experiencia es siempre subjetiva. Pero se trata de un sujeto que
es capaz de dejar que algo le pase, es decir, que algo le pase a sus palabras,
a sus ideas, a sus sentimientos. Se trata por tanto de un sujeto abierto,
sensible, vulnerable, expuesto. Por otro lado, el principio de subjetividad
supone también que no hay experiencia en general, que la experiencia es siempre
experiencia de alguien, o, dicho de otro modo, que la experiencia es para cada
cual la suya, que cada uno hace o padece su propia experiencia, y eso de un
modo único, singular, particular, propio. Principio de reflexividad, porque ese
me de lo que me pasa, es un pronombre reflexivo. Podríamos decir que la
experiencia es un movimiento de ida y vuelta. Un movimiento de ida porque la
experiencia supone un movimiento de exteriorización, de salida de mí mismo, de
salida hacia fuera, un movimiento que va al encuentro con eso que pasa, al
encuentro con el acontecimiento. Y un movimiento de vuelta, porque la
experiencia supone que el acontecimiento me afecta a mí, que tiene (a)(e)fectos
en mí, en lo que yo soy, en lo que pienso, siento, sé, puedo, quiero. Principio
de transformación, porque esx sujetx sensible, vulnerable y expuestx es un
sujetx abiertx a su propia transformación. De hecho, en la experiencia, el
sujetx hace la experiencia de algo, pero sobre todo hace la experiencia de su
propia transformación. De ahí, que la experiencia no la acumulo, sino que me
forma y me transforma. De ahí que el resultado de la experiencia sea la
formación o la transformación del sujetx de la experiencia, de ahí que el
sujetx de la experiencia no sea el sujetx del saber, o el sujetx del poder, o
el sujetx del querer, sino el sujetx de la transformación.
Eso
que me pasa. La experiencia es
un paso, un pasaje, un recorrido. Si la palabra experiencia tiene el ex de lo exterior, tiene también ese per, que es un radical indoeuropeo para
palabras que tienen que ver con travesía, con pasaje, con camino, con viaje. La
experiencia supone una salida de sí hacia otra cosa, un paso hacia otra cosa,
hacia ese ex, hacia ese “eso” de “eso que me pasa”. Pero al mismo
tiempo, la experiencia supone también que algo pasa desde el acontecimiento
hacia mí, que algo viene hacia mí, que algo me viene o me ad/viene. Ese paso, además, es una aventura y por tanto tiene algo
de incertidumbre, supone un riesgo y un peligro. De hecho, el verbo experienciar o experimentar, lo que sería hacer una experiencia de algo o padecer
una experiencia con algo, se dice en latín ex/periri.
Y de ese periri viene en castellano
la palabra peligro. Eso sería el
primer sentido de ese pasar, el que
podríamos llamar el principio de pasaje,
y hay otro sentido más. Si la experiencia es eso que me pasa, el sujeto de la
experiencia es como un territorio de paz, o como una superficie de
sensibilidad, en la que algo pasa y en la que eso que me pasa, al pasar por mí
o en mí, deja una huella, una marca, un rastro, una herida. De ahí, que el
sujetx de la experiencia no sea, en principio, un sujeto activo, un agente de
su propia experiencia, sino un sujeto paciente, pasional. Dicho de otra manera,
la experiencia no se hace, sino que se padece. A este segundo sentido del pasar Jorge lo llama el principio de pasión.
El mapa, herramienta para la
(des)orientación y lugar de la (des)territorialización.
Un
mapa serviría para orientarnos. Y, en este texto, también jugamos con que es
una buena herramienta para la des-orientación, es decir para habitar esos
lugares no conocidos, en donde no sabemos dónde estamos paradxs, un
espacio/tiempo de suspenso y suspensión.
La
orientación, señala Franco “Bifo” Berardi, es la habilidad cognitiva que nos
permite reconocer las características físicas del entorno y construir un mapa
interno para movernos intencionalmente en el mundo. Este proceso cartográfico
interno implica una relación sumamente singular con lo que nos rodea: la
elaboración sensorial y la selección emocional de lugares, signos, luces,
texturas y aromas. La orientación puede ser comprendida como el modo de
singularizar el paisaje, el proceso por medio del cual hacemos del mundo
nuestro propio mundo. La palabra orientación tiene un doble significado. El
primero, esencialmente activo, se refiere a la capacidad de organizar nuestro
entorno, de crear un marco general de referencia al cual se pueda asociar el
conocimiento. El segundo es la capacidad pasiva para seguir indicaciones, leer
un mapa y adaptarse a un sistema de coordenadas preexistentes a fin de
localizar un lugar o llegar a un destino. Entonces, la (des)orientación, es
tanto la capacidad de seguir instrucciones cartográficas como la de dibujar un
mapa. Implica perderse y hallar nuestro rumbo nuevamente, recreando una
percepción singular del espacio y del tiempo.
Dibujar
un mapa implica, desde este texto, hacer ejercicio de (des)territorializacion.
Podemos entender este movimiento como una operación de líneas de fuga. Fugar el
territorio, desandarlo, deconstruirlo, es un estar inteligente entendiendo la
experiencia, valorando lo que se entiende de la experiencia y decidir. Este
desandar es flexible y marginal, es itinerante, puesto que implica el ejercicio
de un pensamiento nómade, le gusta la multiplicidad, pues participa a la vez de
formas diversas y hace converger velocidades y movimientos distintos.
Desterritorializar es (re)pensar el territorio, tender planos, trazar líneas,
dejarse afectar. Es entonces también un experimentar. Y es problematizar, los
saberes, los poderes y las subjetivaciones. El movimiento de
desterritorialización, supone preguntar, poner en cuestión, salirse,
extrañarse, saltar, tropezar, hundirse. Puede ser considerado un movimiento por
el cual se abandona el territorio, una operación de líneas de fuga, y por ello
es una reterritorialización y un movimiento de construcción del territorio. En
la desterritorialización se pretende la recreación, la reinvención, y, muchas
veces, para que se (re)cree algo nuevo es necesario sacudir lo viejo, en este
sentido, sacudir el territorio creando otro en constante transformación. Abrir
espacio a un nuevo espacio/tiempo, que traiga consigo buen rumbo, alas
desplegadas, sonrisas/lágrimas, besos, ternura, sueños, latidos, aprendizaje,
vértigo y buen vuelo.
Dibujar el mapa, (des)territorializar, no es un acto estático y
acabado, más bien es un diseño que acompaña y se hace al mismo tiempo que los
movimientos de transformación del territorio. Es por esto que planteamos la
cartografía como bucle recíproco entre mapa y territorio, la cartografía se
ejercita mientras se desandan unos mundos y se andan los mismos y otros.
Mundos que se (re)crean para expresar afectos y afecciones. Es tarea pues, en
el gesto de (des)territorializar, abrir espacios de enunciaciones y
pronunciaciones para escuchar aquellas voces y lenguajes que habitan las
tierras, es necesario pues una apertura y un gesto ético de cuidar, de escuchar
y de atender la vida en su movimiento de expansión.
(Des)territorializar tiene que ver no sólo con revelar sentidos,
sino también crearlos, producirlos, ya que no podemos estar disociados de
nuestro cuerpo vibrátil, al contrario, es a través de nuestro cuerpo que
podemos captar el estado y la cuestión de las cosas, sus climas, sus texturas,
sus aromas, sus decires y sus silencios para, desde ellxs, crear (sin)sentidos
que nos (des)orienten.
(Des)territorializar es apostar por la producción de la desestabilización o del
desequilibrio como fuentes de incomodidad, de tensión necesarias para la
transformación, para abrirse a aquello que reclama cambio y guardar aquello que
necesita conservarse.
El presente texto intenta aportar algunas ideas haciendo
sonar palabras a la tarea del les trabajadores sociales imaginándoles como
cartógrafes, comprendiendo el ejercicio de la cartografía como el bucle entre la experiencia de hacernos
sensibles a los signos que emite el territorio y dibujar mapas para la fiesta
de la vida.
Quizás sea interesante acercar la experiencia de la cartografía,
que dice de una vivencia-imagen-dibujo, simbólica y concreta, a una experiencia
estética, una experiencia en donde se ponen en juego al menos tres categorías:
poiesis, aisthesis y catarsis. En el cartografiar hay momentos donde se
confunden los límites, y solo hay sensibilidad, hay creación(es), sensación(es)
y liberación(es). Y es muchas veces, a partir de transitar ese caos de la
experiencia, que devienen mapas vitales.
Lxs trabajadorxs sociales como cartógrafxs estamos desafiadxs
a ejercer aquello que Suely Rolnik denomima transdisciplina,
es decir aquella modalidad que lleva al profesional y a la persona a ceder
seguridades por incertidumbres, a arriesgar razones por azares, a exponer el
cuerpo en la verosimilitud precaria de la sensación, a fundar una existencia en
la ética y estética de lo imprevisible, como estilo de vida, como modo de estar(andar)
en el mundo. Estxs profesionalxs transdiciplinadxs viven con malestar ciertos
modos de hacer ciencia que, en nombre de un rigor metodológico, lxs apartan de
las manifestaciones de lo humano con las que ellxs vibran. Se inquietan cuando
se les exige una identidad profesional más leal a los esquemas
preconfeccionados de la propia disciplina y a las seguridades institucionales
que a las manifestaciones de aquello que está cambiando y que todavía no es y
que curiosamente siempre circula cerca de los bordes. Inventan nombres,
resignifican conceptos, recrean palabras, con el deseo de abrirse a lo vivo y
lo que late, y en el ejercicio de cartografiar(se), ejercen el derecho que el
maestro Eduardo Galeano enunció como el
derecho al delirio.
Ideas y letras robadas a:
Jorge
Larrosa. Franco Bifo Berardi. Gilles Deleuze. Bernard Lonergan. Suely Rolnik. Eduardo Galeano.
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